sábado, 29 de julio de 2017

Sobre la inocencia

Por ese entonces vivía una bruja en el bosque, y no se trata de una leyenda pagana sobre una pobre mujer con una historia trágica que sufre de forma ermitaña la vida en el bosque.
Se trataba, si, de una mujer mayor, muy mayor. No había nadie en el pueblo lindero al bosque que recordara los días en donde ella vivía en el pueblo. Pero así había sido, según lo que ella misma contaba, en las contadas ocasiones donde hablaba de su pasado. Y, si bien tenia nombre, nadie la llamaba por aquel, sino que era conocida por la bruja del bosque o la señora del bosque.
Pero, como dije antes, esta bruja no daba miedo, era una vieja adorable de piel blanca y arrugas finas, ojos intensos y vivos. No había gatos negros ni verrugas, no viajaba en una escoba voladora ni tenía un caldero burbujeante de aromas extraños. Era simplemente una señora que hacia favores y cuidaba niños.
¿Problemas de salud?, ¿inconvenientes con su pareja?, ¿hijos desobedientes?
Ella podía encontrar soluciones para todo sin gastos, ella jamás cobraba nada, aunque aceptaba los regalos que le hacían con una amplia sonrisa. Y aunque muchos desconfiaban de sus trabajos, todos en el pueblo le debían más de un favor.
Su cabaña no era de chocolate, sino una simple construcción en madera con techos bajos. El interior era cálido, lleno de velas e inciensos, además de muchos libros sembrados en búsqueda de alguien que los descubra.
Todo aquel que la visitaba, lo cual ocurría a diario, salían con esperanzas en sus ojos y con un perfume dulzón en la ropa. Lo que decía era verdad y lo que realizaba efectivo.
Pero cuando cuidaba niños las cortinas estaban cerradas.
Todos aplaudían lo responsable y entregada que era la bruja, ella cuidaba bien de los niños y niñas.
Ella los hacia cantar y bailar, aun a los más pequeños que no hablaban ni caminaban.
Sus manos huesudas y arrugadas jugaban y del aire hacia apareces flores y juguetes; sus manos acariciaban, hacían cosquillas, desabotonaban camisas y deslizaban vestidos.
Y en aquellos días donde los cuerpos eran libres de vestiduras los niños corrían y jugaban divertidos junto con la bruja. Ella recorría sus tiernos cuerpos con sus manos y lengua. Les enseñaba a tocarse y a tocarla. Les mostraba como jugar entre ellos y con ella, y a crear besos ricos y húmedos.
A veces la bruja también se liberaba de sus ropas y jugaba con los pequeños. Entonces su marchito y arrugado cuerpo quedaba oscuro en comparación con el fresco y brillante cuerpo de los niños. Eran días donde la bruja hacia cosas especiales, en los cuales su magia bailaba como colores de purpurina, los cuales hacían reír y estornudar a los nenes.
Y entonces la bruja agrandaba ciertas partes de los nenes y de las nenas, para que sus juegos sean más divertidos; ella les enseñaba a usarlas entre ellos y con ella.
Los pequeños reían, las pequeñas jugaban y bailaban. Acariciaban sin preguntas, besaban sin dudar, con el rostro lleno de una extraña sensación de poder.

Y cuando la hora de la tarde llegaba a su fin, la bruja los vestía y todas las partes de niños y niñas volvían a su estado original.  Con un soplo tierno en la frente olvidaban toda la tarde, para que nada de lo ocurrido deje huellas, para que sigan siendo curiosos y la luz de sus ojos no se apague. Para que puedan ver a sus padres venir asomados por la ventana.